Centroamérica, Conflictos sociales, Honduras, Mayas

Los sacrificios mayas

Piedra ceremonial maya. Copán, Honduras. Foto: Elvira Cuadra

Piedra ceremonial maya. Copán, Honduras. Foto: Elvira Cuadra

Cuenta la memoria recuperada que los mayas acostumbraban hacer sacrificios humanos a los dioses de su rico panteón. Cada corazón y cada gota de sangre eran la más alta ofrenda que los mortales podían ofrecer a sus caprichosas divinidades sedientas de reconocimiento. Visto con nuestros ojos, el ritual sagrado era sangriento y cruel aunque se dice que entonces las víctimas morían honradas y convencidas de que aplacaban la ira de los dioses para sostener el equilibro entre la vida y la muerte.

Tantos siglos después, nosotros y nosotras, descendientes de esa imponente y enigmática civilización, vemos con horror que en Honduras, uno de sus territorios privilegiados, nuevos sacrificios desangran diariamente a toda la sociedad. Sólo que esta vez las víctimas no caminan gustosas a la piedra sagrada y los dioses de este tiempo son más sanguinarios y desalmados que los de entonces.

Casi no hay familia hondureña que no haya sufrido una pérdida en este lento y doloroso desangramiento que se ha vuelto cotidiano y natural para el resto del mundo. La gente ha aprendido a vivir con el miedo permanente de ver llegar a los señores de la vida y de la muerte reclamando nuevas víctimas sin que nadie pueda hacer ni decir nada.

¿Cuánto tiempo más durarán esos sacrificios diarios?, ¿qué iras están aplacando?, y ¿cuántas víctimas más tendrán que entregar su vida y su sangre para saciar la sed de tan sanguinarios dioses?, ¿cuánto más…?

 

San Francisco de Quito, 31 de julio de 2013

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El legado de la Revolución

20 de julio de 1979

20 de julio de 1979

El día que casi todos recordamos es el 20 y no el 19 de julio de 1979, porque fue cuando las columnas victoriosas de guerrilleros junto con el pueblo se encontraron espontáneamente en la Plaza para celebrar el triunfo de la Revolución. Nunca antes, y creo que tampoco después, se reunió tanto pueblo de esa manera en Nicaragua. La alegría y la euforia eran tantas que nada más importaba. Se abría una anhelada puerta para el país, la realización de un sueño largamente esperado y sumamente costoso.

Pero la Revolución no fue el tiempo que todos esperábamos. Fue un tiempo de trabajo constante, de guerra, escasez, separaciones, angustias, miedos y odios en el que a ratos también había espacio para las alegrías, el despertar de conciencias, convicciones y principios que movieron a toda una generación de jóvenes. Mi generación.

Muchos de los que vivimos ese tiempo conservamos las convicciones y los principios junto con los recuerdos de esa Revolución. Por eso me niego a aceptar que nos llamen la generación perdida y me niego a aceptar que la Revolución no dejó ningún legado.

Ciertamente, el legado no está en grandes obras o edificios, tampoco en indicadores económicos o sociales como se pensó al inicio, o en los que se han adueñado de la celebración a la sombra del poder. En realidad el legado está en cada uno de nosotros, en todos aquellos que durante estos treinta y cuatro años no se han apartado de los principios y las ideas que le dieron vida a ese tiempo. En aquellos compañeros y compañeras que, en Matagalpa o en Malpaisillo por ejemplo, siguen recorriendo las trochas polvosas para trabajar con la comunidad aunque el dinero apenas les alcance para el bus. O en aquellas mis compañeras, mis casi hermanas, que venciendo el temor se han plantado siempre frente al poder, no importa quién sea ni que forma tenga, para decir ¡No! O en esos jóvenes que no conocieron ese tiempo pero han heredado esos principios y han comenzado a vivir con ellos como vivimos nosotros. Ese es el verdadero y más perdurable legado de la Revolución.

 

San Francisco de Quito, 19 de julio de 2013

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Carlos, mi hermano

Carlos y yo, en el seminario

Carlos y yo, en el seminario

Me colaba entre las rendijas de la frondosa veranera que todavía existe al final de la casa y me sentaba sobre una piedra a verte pintar en el muro de afuera. Una larga y alta pared blanca de la que poco a poco iban saliendo arañas, insectos y otras formas amarillas y rojas, como jeroglifos de ese tiempo. Vos hacías de cuenta que no me mirabas y seguías escuchando tu música, fumando, seguramente un cigarro de marihuana, y pintando. Siempre me llegaban a buscar y me hacían regresar a la casa entre regaños. No les gustaba que fuera a verte allí porque en esa época eras de los hippies de verdad. Pelo largo, pantalones jeans de campana y deshilados, sin camisa, chaqueta también de jeans, collares y pulseras de colores, y caites suela ancha de caucho. Todos en el vecindario te miraban con extrañeza y desconfianza. Era el tiempo cuando en las radios sonaba aquella canción del extraño del pelo largo y yo justo así te miraba caminando por las calles.

La primera vez que te fuiste de la casa ya habías vivido muchas cosas. Te abandonaron de niño, entrabas y salías de las escuelas, fuiste monaguillo y seminarista, te habías peleado con toda la familia para que te dejaran ser. Fuiste y volviste varias veces, cada vez las ausencias más largas, dizque para recorrer nuevos caminos de los que nunca nos contaste. Un día regresaste con el pelo corto y cara de muchacho formal. Entrabas y salías de la casa con sacos de frijoles y otros granos que en realidad guardaban otras cosas.

Desapareciste otra vez pero ahora si sabíamos en que andabas. Era el año 79 y poco después del triunfo de la revolución te vimos regresar flaco, uniformado y eufórico. Pocos días después, en un documental de la época, apareciste cargando una ametralladora y gritando como Leonel, ¡Qué se rinda tu madre! Unos meses más en la familia y desapareciste otra vez. Una carta un día, luego otra con unas fotos y un día, un año después, apareciste como si no te hubieras ido.

Fue una semana de pláticas y de historias, de cómo andabas haciendo la revolución en otros lugares, creyendo con entusiasmo que la chispa haría incendios en todas partes. Y así como llegaste, te fuiste de nuevo. Una ausencia que ya lleva treinta y tres años sin que nadie haya respondido nunca cómo, dónde, cuándo…

San Francisco de Quito, 13 de julio de 2013

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Centroamérica, Cruzada Nacional de Alfabetizacion, Jovenes, Nicaragua, Revolución, Viajes

La gran aventura

Brigadistas CNA. Foto cortesía: Claudia Pineda

Brigadistas CNA. Foto cortesía: Claudia Pineda

Salimos de madrugada. Nos avisaron la noche antes y ya teníamos las mochilas casi listas, faltaban algunos días para la fecha oficial de inicio de la Cruzada Nacional de Alfabetización. Llegamos al colegio bien temprano antes del amanecer, nos acompañaban nuestros padres. Era un día de finales de marzo, 1980.

En el patio, nos esperaban varios camiones. Nos dijeron quiénes íbamos en cuál, pero no hacía dónde. Subimos y estábamos listos para salir. Viajamos todo el día por una carretera poco conocida, delante y detrás de nosotros una larga fila de camiones llenos de jóvenes como nosotros. Luego un camino de tierra lleno de subidas y bajadas que se hizo eterno. Todos, casi niños, sin conocer el camino, nos preguntábamos el destino. Íbamos contentos, medio asustados, hombres y mujeres. ¡Era la gran aventura de la vida!

Poco antes de caer la noche llegamos al pueblo. Telpaneca, se llama. Al norte del país, en Las Segovias, cerca de la frontera con Honduras. Nunca había viajado tan lejos de mi casa y muchos menos al campo. El pueblo estaba lleno de jóvenes, no estábamos solos. Pensamos que ese era nuestro destino final, pero no. Al día siguiente nos separaron en grupos más pequeños de mujeres y hombres, y nos trasladamos a las comarcas. El Naranjo, Los Pinares, Playa Hermosa, Quibuto, El Limón, Cantagallo, Santo Domingo, casi cincuenta comarcas y varios cientos de brigadistas provenientes de diferentes colegios de Managua, repartidos por todo el municipio. Otra vez a los camiones, para adentrarnos en la montaña, cerro arriba. Viví allí seis meses, entre pinares, árboles de naranja, café y campesinos buenos.

De esa época guardo una única y borrosa foto que no tengo conmigo en este momento, en ella estamos mi amiga de siempre Flor de Oro, mi mamá y yo cruzando el Río Coco, descalzas, los pantalones hasta la rodilla y las botas en las manos. No recuerdo cuando la tomaron. Son otros recuerdos los que guardo de la Cruzada de Alfabetización y una certeza que crece más en la medida que pasa el tiempo. Ese fue el tiempo que me cambió la vida.

San Francisco de Quito, 06 de julio de 2013

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Parce

El grupito. By Elvira Cuadra

El grupito. By Elvira Cuadra

“Parce” es una palabrita que me llegó con las amigas colombianas que encontré en esta nueva experiencia. No se bien que significa, ni ellas me lo pudieron explicar claramente cuando les pregunté, pero entendí que tiene diversos significados. La forma en que la utilizan aquí es como para decir “amiga”, “querida”, “compañera” o algo parecido. Y dicha así, es una buena palabra para describir a cada una de las personas que he venido a encontrar aquí y que me han acompañado este tiempo.

Dos nuevos grupos de amigos he recibido en estos días. Mi grupo de clase es la maravilla: tres colombianas, una argentina, una cubana, dos ecuatorianas, una mexicana, una gringa, dos chilenos, un colombiano, cinco ecuatorianos. Es decir, Yiya, Evelyn, Catalina, Maga, Yahima, Ericka, Karen, Tania, Erica, Manuel, Víctor, Migue, José Antonio, Patricio, Edu, Inti y Javier. Todos unidos por uno de esos cariños y por una gran solidaridad que pocas veces se encuentran. Compartimos las risas, las bromas, las anécdotas, las pequeñas alegrías, las prisas, las tristezas, el estrés, las fiestas, las lecturas, el salón de clases, los almuerzos, una aburrida exposición, una cerveza pasada a pico de botella, y un montón de cosas más. Cada uno me llegó de una manera especial y las palabras no alcanzan para describir quién es cada uno de ellos. Estos son mis “parces” de verdad, verdad.

De uno en uno he agregado otro grupo de amigos y amigas por aquí. Están Nata, Meli, Cris, Lina, Nilson, Anita, Gaby, Lucy, Sarita, Manu, Tania, y varios más. Todos de diferentes nacionalidades y formas de ser, pero sobre todo, gente con muchas ganas de vivir y con mucho cariño para dar.

San Francisco de Quito, 02 de julio de 2013

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