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Carlos, mi hermano

Carlos y yo, en el seminario

Carlos y yo, en el seminario

Me colaba entre las rendijas de la frondosa veranera que todavía existe al final de la casa y me sentaba sobre una piedra a verte pintar en el muro de afuera. Una larga y alta pared blanca de la que poco a poco iban saliendo arañas, insectos y otras formas amarillas y rojas, como jeroglifos de ese tiempo. Vos hacías de cuenta que no me mirabas y seguías escuchando tu música, fumando, seguramente un cigarro de marihuana, y pintando. Siempre me llegaban a buscar y me hacían regresar a la casa entre regaños. No les gustaba que fuera a verte allí porque en esa época eras de los hippies de verdad. Pelo largo, pantalones jeans de campana y deshilados, sin camisa, chaqueta también de jeans, collares y pulseras de colores, y caites suela ancha de caucho. Todos en el vecindario te miraban con extrañeza y desconfianza. Era el tiempo cuando en las radios sonaba aquella canción del extraño del pelo largo y yo justo así te miraba caminando por las calles.

La primera vez que te fuiste de la casa ya habías vivido muchas cosas. Te abandonaron de niño, entrabas y salías de las escuelas, fuiste monaguillo y seminarista, te habías peleado con toda la familia para que te dejaran ser. Fuiste y volviste varias veces, cada vez las ausencias más largas, dizque para recorrer nuevos caminos de los que nunca nos contaste. Un día regresaste con el pelo corto y cara de muchacho formal. Entrabas y salías de la casa con sacos de frijoles y otros granos que en realidad guardaban otras cosas.

Desapareciste otra vez pero ahora si sabíamos en que andabas. Era el año 79 y poco después del triunfo de la revolución te vimos regresar flaco, uniformado y eufórico. Pocos días después, en un documental de la época, apareciste cargando una ametralladora y gritando como Leonel, ¡Qué se rinda tu madre! Unos meses más en la familia y desapareciste otra vez. Una carta un día, luego otra con unas fotos y un día, un año después, apareciste como si no te hubieras ido.

Fue una semana de pláticas y de historias, de cómo andabas haciendo la revolución en otros lugares, creyendo con entusiasmo que la chispa haría incendios en todas partes. Y así como llegaste, te fuiste de nuevo. Una ausencia que ya lleva treinta y tres años sin que nadie haya respondido nunca cómo, dónde, cuándo…

San Francisco de Quito, 13 de julio de 2013

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11 comentarios en “Carlos, mi hermano

  1. Evelyn dijo:

    Sencillamente hermoso Elvira. De esas pequeñas pero sentidas historias que te llegan al corazón y te hacen conocer y sentir el mundo de otra manera.

  2. Marlene Alvarez dijo:

    Linda y sentida historia que seguramente es muy parecida a la de otras familias. Las personas bellas sensibles y entregadas al ideal colectivo se nos fueron así…pero su amor todavía nos cobija. Gracias amiga. Este día especialmente me conmueves mas.

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