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El columpio junto al lago

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El columpio junto al lago. Foto: Elvira Cuadra

La hamaca del columpio se mece cada vez más rápido y alto. Entre risas y gritos las voces infantiles piden más y más. El sol brilla con fuerza, el calor sofoca y al fondo, el lago Cocibolca, los mira desde sus aguas azuladas y calmas. El lugar es una isla-santuario de tiempos inmemoriales: la isla Zapatera. Sigue leyendo

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Bajo la sombra del trópico húmedo

Los bosques de Siuna. Foto: Elvira Cuadra

Los bosques del trópico húmedo en Siuna. Foto: Elvira Cuadra

En estos días visité Siuna, uno de los municipios del llamado Triángulo Minero, en el centro-norte de Nicaragua. Y gracias a la hospitalidad de una joven mujer del lugar pude conocer no sólo la belleza del blosque tropical húmedo que cobija al pueblo, sino también a la gente que vive allí y pelea día a día precisamente para que ese bosque sobreviva frente al empuje de la llamada “civilización” y el “progreso”. Sigue leyendo

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Ahora tenemos la voz

Mujeres con voz. Foto: Elvira Cuadra

Mujeres con voz. Foto: Elvira Cuadra

Doña Felipa rondaba los cincuenta años cuando la conocí. Fue allá en 1980, durante la Cruzada de Alfabetización. Era la señora de la casa donde me alojaron en una comarca, cerro arriba. Siempre calladita mientras nisquezaba el maíz, lo molía y hacia las tortillas. Hablaba bajito y casi, casi pidiendo permiso a sus hijos y marido. Nunca había salido de la comarca y en todos sus años no conocía el pueblo más cercano. Por más que le hablaba, solamente me respondía con una risita. Muchos años después me encontré con otras mujeres que no tienen miedo de hablar, pero no siempre fue así. Sigue leyendo

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Los forajidos de siempre

Rearmados en Nicaragua. 2014

Rearmados en Nicaragua. 2014

El poder siempre los ha llamados “forajidos” y a sus acciones les atribuye la connotación de delincuencia común. Así fue en los 90 con los grupos de ex combatientes nicaragüenses que se alzaron nuevamente en armas cuando el gobierno incumplió los acuerdos de desmovilización; así fue antes cuando las columnas guerrilleras del FSLN luchaban contra la dictadura somocista; y antes de eso, “bandolero” le llamaron a Sandino aquellos que no reconocían su justa batalla contra la intervención militar en Nicaragua. En otros lugares y otros tiempos también les han llamado “forajidos”. No es raro que ahora les llamen igual, o parecido.

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Ganas de cambiar la vida

Mujeres soñadoras del futuro. Malpaisillo, León. Foto: Centro Xochilt Acalt

Mujeres soñadoras del futuro. Malpaisillo, León. Foto: Centro Xochilt Acalt

Me contó que al inicio acarreaba agua en una lata. Se la ponía en la cabeza y caminaba como dos kilómetros desde la fuente de agua hasta el patio de su casa. Hacía varios viajes hasta regar todas las plantitas que había sembrado. Su marido le decía que estaba loca, que se iba a quedar sin cabeza de tanto acarrear agua y que de nada valía porque de todas maneras no iba a sacar ni un tomate de esa tierra árida y enferma. Pero ella insistió y siguió acarreando latas de agua. Cuando cosechó las primeras verduras y las sirvió en la mesa para la familia, su marido no dijo nada. Ella, sonreía.

Otra me dijo que al principio las letras le hablaban pero no entendía lo que le decían. Las miraba una y otra vez, quería descifrar el mensaje que tenían para ella, pero nada. No las entendía. Pensaba que era la edad, que era porque no las había aprendido de niña. Que tal vez ya era muy tarde para intentarlo. Un día, varios meses después, comenzó a entender algo y al final del año, ¡qué alegría!, ya hablaba con las letras y las letras con ella. Ahora escribe sus canciones para que no se le olviden y luego las canta en las asambleas. Siempre con un papelito en la mano.

Una más me contó que desde muchacha siempre creyó que el matrimonio era aguantar y aguantar lo que fuera. Y se encerró en ese mundo, aguantando a su marido y a sus hijos. Todo el día pensaba en eso, en el miedo que sentía.  y en lo bonito que sería poder hacer las cosas que quería. Tener un gallinero, ir a una reunión como su vecina, llegar a la noche y no recibir golpes… Creía que no había vida más que esa. Hasta que un día se juntó con su vecina y otras mujeres que antes habían vivido como ella. Poco a poco aprendió a vivir sin miedo y hoy cuenta su historia siempre que puede para que a ninguna mujer le pase lo mismo.

En otra comunidad, un grupo me cuenta que pasaron varios días limpiando el terreno. Encontraron montones de piedras y maleza. Pasaron días y días en eso, trabajando a mano limpia. Cada noche, llorando, se curaban entre ellas las heridas y las ampollas. Cuando el terreno estuvo listo para la siembra, el hombre que se los había prometido en alquiler dijo que ya no, que en realidad lo iba a ocupar para sus siembros. Ahora cultivan café en otro lugar. La Estrella se llama la finca, y ellas son las dueñas.

San Francisco de Quito, 13 de agosto de 2013

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