Centroamérica, Democracia, Jovenes, Nicaragua, Revolución, Tiempos

Los jóvenes indiferentes

Bicicletas moradas. Foto: Francisco Mayorga

Bicicletas moradas. Foto: Francisco Mayorga

Que no les importa la política, dicen. Total, los adultos piensan que son indiferentes y apáticos, y a lo mejor es cierto. Prefieren reunirse en la esquina del barrio a escuchar música, bailar y platicar de cosas que los adultos no entienden. No quieren cambiar el mundo ni ser héroes como en las historias de un tiempo pasado que cuentan sus padres. Un buen grupo de ellos no estudia ni trabaja. Los “Nini” les llaman, como si estuvieran en un limbo.

Pero sueños tienen, claro que sí. Quieren irse del país a buscar mejor fortuna en otros lados, quieren ayudar a sus familias y están dispuestos a sacrificarse por ellas. Quieren ser alguien en la vida, tener una casita, una familia propia. Es la política y los políticos los que nos les gustan. ¡Qué van a creer en ellos! Una revolución, una guerra, un montón de muertos, miedos profundos e infinitos y muchas promesas después, nada ha cambiado. Para esa gracia, mejor confiar en Dios que nunca desampara y es el único que les puede asegurar futuro.

¿Quiénes son estos jóvenes? Son aquellos y éstos, los que están en nuestras casas y nuestro vecindario. Los que crecieron viéndonos ir y venir ocupados con cosas importantes, los que se han quedado con las abuelas porque no queda de otra que trabajar en el país vecino. Los muchachos que hemos criado, los de después del gran sueño de la revolución y la pesadilla de la guerra. Los hijos e hijas nuestros.

Managua, 10 de junio de 2014

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Fotografia, Graffiti, Jovenes, Tiempos

Cuando leyó el blog, mi amigo Rafael Gil no resistió la tentación de salir a tomar unas fotos en su ciudad y aquí está la galería de lo que encontró. Estos son los muros que hablan en Sydney, Australia.

Los muros de otra ciudad

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Jovenes, Movimientos sociales, Nicaragua, Tiempos

Muros que hablan

Muros que hablan. Elvira Cuadra, 2014

Muros que hablan. Elvira Cuadra, 2014

En Nicaragua los muros han hablado siempre. Tienen su propio lenguaje y hablan de aquello que la gente no se atreve a decir en voz alta y lo que algunos no quieren escuchar. Son desafiantes, atrevidos.

Los dueños de la noche escriben en ellos, aprovechan el sueño de todos para escribir sus cartas públicas que se leen mejor por las mañanas, recién hechas, como periódico matutino. A veces nadie repara en ellas, a veces conmocionan a todo el mundo. A veces son cartas personales, gritos de auxilio o de protesta, humor colectivo hecho público, intentos de mostrarse, arte callejero, sabiduría popular. En ocasiones, son rebeliones públicas contra el poder, gritos de reclamo que son silenciados rápidamente por peligrosos, como una “pinta” que tuvo veinticuatro horas de vida y que decía: “Yo quiero vivir bonito como dice la Cra. Rosario, pero los del Frente no me dejan”.

En otras partes del mundo los muros también hablan. Mi amigo Rafa dice que en su ciudad, al otro lado de este planeta, está permitido escribir en las paredes, pero sólo en ciertos lugares.

De vez en vez los tiempos hacen que escribir en los muros se vuelva una tentación casi irresistible. Eso casi siempre ocurre cuando se quiere silenciar las voces. Pero mientras más dispone y controla el poder, más irresistibles se vuelven. Por eso, en Nicaragua, los muros seguirán hablando.

Managua, 10 de marzo de 2014

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Conflictos sociales, Ecuador, Esmeraldas, Indigenas, Jovenes, Mujeres, Paz, Sudamerica

El Pulpo romántico

El Pulpo romántico. Foto: Liosday Landaburo

El Pulpo romántico. Foto: Liosday Landaburo

En la acera de enfrente, un grupo de hermosos jóvenes mulatos, bailan, bromean y toman cervezas. Detrás de ellos la playa, un inmenso mar con una fila de barcos petroleros esperando entrar al puerto y por la calle, gentes que van y vienen. Mañana, tarde y noche el cuadro se repite una y otra vez mientras el “Pulpo romántico”, uno de los restaurantes más antiguos y conocidos del lugar, espera con sus puertas abiertas a los esmeraldeños.

Pero esta tarde de sábado frente a él se ha juntado un grupo de gente diferente y diversa, igual que la gente de Esmeraldas, la ciudad y la provincia costera de Ecuador. Algunos son maestros, otros periodistas. Hombres y mujeres; unos jóvenes y otros, no tanto; mulatos, indígenas y mestizos. Todos reciben y agradecen la refrescante brisa marina que calma el calor y descansan la vista con el bonito atardecer que ofrecen el sol y las palmeras.

Se conocieron hace poco, pero conversan animadamente de algo que les ha ocupado todo el día: la diversidad de culturas que co-existen en la ciudad. Una diversad que está representada en ellos mismos, pero que viene aparejada con la discriminación, el rechazo, los conflictos y la violencia. Hablan de hermosos rituales, música y comidas; pero también de experiencias que duelen porque las ven, las tocan y las viven diariamente en la casa, en la escuela, en todas partes.

El fin de semana, su tiempo de descanso, se han reunido, algunos viajando desde largas distancias, y lo han dedicado a reflexionar entre todos, a encontrar caminos para hacer, a no quedarse inmóviles, con los brazos cruzados. Al verlos y escucharlos, no puedo dejar de pensar en lo mucho que sus ganas de cambiar se parecen a las de mucha gente en Nicaragua, en Centroamérica y en muchos otros lugares. Por eso, aunque el “Pulpo romántico” intente atraerlos con su sugerente mensaje, ellos siguen allí, enfrascados en su plática. Tendrá que esperar otra ocasión para que lo visiten.

San Francisco de Quito, 23 de septiembre de 2013

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El legado de la Revolución

20 de julio de 1979

20 de julio de 1979

El día que casi todos recordamos es el 20 y no el 19 de julio de 1979, porque fue cuando las columnas victoriosas de guerrilleros junto con el pueblo se encontraron espontáneamente en la Plaza para celebrar el triunfo de la Revolución. Nunca antes, y creo que tampoco después, se reunió tanto pueblo de esa manera en Nicaragua. La alegría y la euforia eran tantas que nada más importaba. Se abría una anhelada puerta para el país, la realización de un sueño largamente esperado y sumamente costoso.

Pero la Revolución no fue el tiempo que todos esperábamos. Fue un tiempo de trabajo constante, de guerra, escasez, separaciones, angustias, miedos y odios en el que a ratos también había espacio para las alegrías, el despertar de conciencias, convicciones y principios que movieron a toda una generación de jóvenes. Mi generación.

Muchos de los que vivimos ese tiempo conservamos las convicciones y los principios junto con los recuerdos de esa Revolución. Por eso me niego a aceptar que nos llamen la generación perdida y me niego a aceptar que la Revolución no dejó ningún legado.

Ciertamente, el legado no está en grandes obras o edificios, tampoco en indicadores económicos o sociales como se pensó al inicio, o en los que se han adueñado de la celebración a la sombra del poder. En realidad el legado está en cada uno de nosotros, en todos aquellos que durante estos treinta y cuatro años no se han apartado de los principios y las ideas que le dieron vida a ese tiempo. En aquellos compañeros y compañeras que, en Matagalpa o en Malpaisillo por ejemplo, siguen recorriendo las trochas polvosas para trabajar con la comunidad aunque el dinero apenas les alcance para el bus. O en aquellas mis compañeras, mis casi hermanas, que venciendo el temor se han plantado siempre frente al poder, no importa quién sea ni que forma tenga, para decir ¡No! O en esos jóvenes que no conocieron ese tiempo pero han heredado esos principios y han comenzado a vivir con ellos como vivimos nosotros. Ese es el verdadero y más perdurable legado de la Revolución.

 

San Francisco de Quito, 19 de julio de 2013

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Carlos, mi hermano

Carlos y yo, en el seminario

Carlos y yo, en el seminario

Me colaba entre las rendijas de la frondosa veranera que todavía existe al final de la casa y me sentaba sobre una piedra a verte pintar en el muro de afuera. Una larga y alta pared blanca de la que poco a poco iban saliendo arañas, insectos y otras formas amarillas y rojas, como jeroglifos de ese tiempo. Vos hacías de cuenta que no me mirabas y seguías escuchando tu música, fumando, seguramente un cigarro de marihuana, y pintando. Siempre me llegaban a buscar y me hacían regresar a la casa entre regaños. No les gustaba que fuera a verte allí porque en esa época eras de los hippies de verdad. Pelo largo, pantalones jeans de campana y deshilados, sin camisa, chaqueta también de jeans, collares y pulseras de colores, y caites suela ancha de caucho. Todos en el vecindario te miraban con extrañeza y desconfianza. Era el tiempo cuando en las radios sonaba aquella canción del extraño del pelo largo y yo justo así te miraba caminando por las calles.

La primera vez que te fuiste de la casa ya habías vivido muchas cosas. Te abandonaron de niño, entrabas y salías de las escuelas, fuiste monaguillo y seminarista, te habías peleado con toda la familia para que te dejaran ser. Fuiste y volviste varias veces, cada vez las ausencias más largas, dizque para recorrer nuevos caminos de los que nunca nos contaste. Un día regresaste con el pelo corto y cara de muchacho formal. Entrabas y salías de la casa con sacos de frijoles y otros granos que en realidad guardaban otras cosas.

Desapareciste otra vez pero ahora si sabíamos en que andabas. Era el año 79 y poco después del triunfo de la revolución te vimos regresar flaco, uniformado y eufórico. Pocos días después, en un documental de la época, apareciste cargando una ametralladora y gritando como Leonel, ¡Qué se rinda tu madre! Unos meses más en la familia y desapareciste otra vez. Una carta un día, luego otra con unas fotos y un día, un año después, apareciste como si no te hubieras ido.

Fue una semana de pláticas y de historias, de cómo andabas haciendo la revolución en otros lugares, creyendo con entusiasmo que la chispa haría incendios en todas partes. Y así como llegaste, te fuiste de nuevo. Una ausencia que ya lleva treinta y tres años sin que nadie haya respondido nunca cómo, dónde, cuándo…

San Francisco de Quito, 13 de julio de 2013

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La gran aventura

Brigadistas CNA. Foto cortesía: Claudia Pineda

Brigadistas CNA. Foto cortesía: Claudia Pineda

Salimos de madrugada. Nos avisaron la noche antes y ya teníamos las mochilas casi listas, faltaban algunos días para la fecha oficial de inicio de la Cruzada Nacional de Alfabetización. Llegamos al colegio bien temprano antes del amanecer, nos acompañaban nuestros padres. Era un día de finales de marzo, 1980.

En el patio, nos esperaban varios camiones. Nos dijeron quiénes íbamos en cuál, pero no hacía dónde. Subimos y estábamos listos para salir. Viajamos todo el día por una carretera poco conocida, delante y detrás de nosotros una larga fila de camiones llenos de jóvenes como nosotros. Luego un camino de tierra lleno de subidas y bajadas que se hizo eterno. Todos, casi niños, sin conocer el camino, nos preguntábamos el destino. Íbamos contentos, medio asustados, hombres y mujeres. ¡Era la gran aventura de la vida!

Poco antes de caer la noche llegamos al pueblo. Telpaneca, se llama. Al norte del país, en Las Segovias, cerca de la frontera con Honduras. Nunca había viajado tan lejos de mi casa y muchos menos al campo. El pueblo estaba lleno de jóvenes, no estábamos solos. Pensamos que ese era nuestro destino final, pero no. Al día siguiente nos separaron en grupos más pequeños de mujeres y hombres, y nos trasladamos a las comarcas. El Naranjo, Los Pinares, Playa Hermosa, Quibuto, El Limón, Cantagallo, Santo Domingo, casi cincuenta comarcas y varios cientos de brigadistas provenientes de diferentes colegios de Managua, repartidos por todo el municipio. Otra vez a los camiones, para adentrarnos en la montaña, cerro arriba. Viví allí seis meses, entre pinares, árboles de naranja, café y campesinos buenos.

De esa época guardo una única y borrosa foto que no tengo conmigo en este momento, en ella estamos mi amiga de siempre Flor de Oro, mi mamá y yo cruzando el Río Coco, descalzas, los pantalones hasta la rodilla y las botas en las manos. No recuerdo cuando la tomaron. Son otros recuerdos los que guardo de la Cruzada de Alfabetización y una certeza que crece más en la medida que pasa el tiempo. Ese fue el tiempo que me cambió la vida.

San Francisco de Quito, 06 de julio de 2013

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