Jóvenes, Mujeres, Nicaragua, Revolución, Tiempos

¡Sólo el rojito!

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El rojito. Foto: Elvira Cuadra

Para Rafa, mi amigo al otro lado del mundo

Llegamos entrada la noche, empapadas de lluvia, muertas de frío, sin mochilas y sin saber donde estábamos. Todas mujeres. Nos acomodamos en el campamento sobre tablas frías y húmedas tratando de darnos calor. Nuestras mochilas llegaron hasta el día siguiente cuando lograron arreglar el camión averiado que se balanceaba para no caer al abismo. Y así comenzó la historia de un nuevo aprendizaje.

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Diez reflexiones cortas sobre conflictos en Nicaragua

La historia no se cambia repitiéndola.  PXMolina/Confidencial

La historia no se cambia repitiéndola. PXMolina/Confidencial

 

1. El conflicto social y político en Nicaragua es una realidad de la vida cotidiana desde hace décadas.
2. La violencia no es parte de la idiosincrasia nacional, es expresión de la desigualdad y marginalidad en que viven grandes grupos sociales.
3. La violencia política siempre ha sido expresión de conflictos sociales no escuchados y no atendidos.
4. El conflicto social se transforma en violencia política cuando el Estado no tiene, o no quiere tener, mecanismos institucionales para atender las demandas y necesidades sociales.
5. No hay pobres manipulados, hay ciudadanos que quieren ser escuchados.
6. Los gobiernos siempre han intentado esconder o eliminar el conflicto social y político.
7. El método preferido ha sido la represión con policía o ejército aunque sus efectos son contraproducentes. Violencia genera más violencia.
8. El otro método es la estigmatización. “Bandas de delincuentes rurales” les llamaron a los ex combatientes a inicios de los 90; “transgresores”, eran los estudiantes que demandaban el 6 % del presupuesto para las universidades; “delincuentes”, “terroristas”, “desestabilizadores del gobierno”, les llaman ahora nuevamente.
9. La violencia de los últimos días más que motivaciones políticas, tiene origen en causas sociales: pobreza y marginalidad.
10. Cuando han existido espacios de diálogo y participación, la violencia social y política ha disminuido significativamente.

Rompamos el círculo…

Managua, 18 de agosto de 2014

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Los jóvenes indiferentes

Bicicletas moradas. Foto: Francisco Mayorga

Bicicletas moradas. Foto: Francisco Mayorga

Que no les importa la política, dicen. Total, los adultos piensan que son indiferentes y apáticos, y a lo mejor es cierto. Prefieren reunirse en la esquina del barrio a escuchar música, bailar y platicar de cosas que los adultos no entienden. No quieren cambiar el mundo ni ser héroes como en las historias de un tiempo pasado que cuentan sus padres. Un buen grupo de ellos no estudia ni trabaja. Los “Nini” les llaman, como si estuvieran en un limbo.

Pero sueños tienen, claro que sí. Quieren irse del país a buscar mejor fortuna en otros lados, quieren ayudar a sus familias y están dispuestos a sacrificarse por ellas. Quieren ser alguien en la vida, tener una casita, una familia propia. Es la política y los políticos los que nos les gustan. ¡Qué van a creer en ellos! Una revolución, una guerra, un montón de muertos, miedos profundos e infinitos y muchas promesas después, nada ha cambiado. Para esa gracia, mejor confiar en Dios que nunca desampara y es el único que les puede asegurar futuro.

¿Quiénes son estos jóvenes? Son aquellos y éstos, los que están en nuestras casas y nuestro vecindario. Los que crecieron viéndonos ir y venir ocupados con cosas importantes, los que se han quedado con las abuelas porque no queda de otra que trabajar en el país vecino. Los muchachos que hemos criado, los de después del gran sueño de la revolución y la pesadilla de la guerra. Los hijos e hijas nuestros.

Managua, 10 de junio de 2014

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El legado de la Revolución

20 de julio de 1979

20 de julio de 1979

El día que casi todos recordamos es el 20 y no el 19 de julio de 1979, porque fue cuando las columnas victoriosas de guerrilleros junto con el pueblo se encontraron espontáneamente en la Plaza para celebrar el triunfo de la Revolución. Nunca antes, y creo que tampoco después, se reunió tanto pueblo de esa manera en Nicaragua. La alegría y la euforia eran tantas que nada más importaba. Se abría una anhelada puerta para el país, la realización de un sueño largamente esperado y sumamente costoso.

Pero la Revolución no fue el tiempo que todos esperábamos. Fue un tiempo de trabajo constante, de guerra, escasez, separaciones, angustias, miedos y odios en el que a ratos también había espacio para las alegrías, el despertar de conciencias, convicciones y principios que movieron a toda una generación de jóvenes. Mi generación.

Muchos de los que vivimos ese tiempo conservamos las convicciones y los principios junto con los recuerdos de esa Revolución. Por eso me niego a aceptar que nos llamen la generación perdida y me niego a aceptar que la Revolución no dejó ningún legado.

Ciertamente, el legado no está en grandes obras o edificios, tampoco en indicadores económicos o sociales como se pensó al inicio, o en los que se han adueñado de la celebración a la sombra del poder. En realidad el legado está en cada uno de nosotros, en todos aquellos que durante estos treinta y cuatro años no se han apartado de los principios y las ideas que le dieron vida a ese tiempo. En aquellos compañeros y compañeras que, en Matagalpa o en Malpaisillo por ejemplo, siguen recorriendo las trochas polvosas para trabajar con la comunidad aunque el dinero apenas les alcance para el bus. O en aquellas mis compañeras, mis casi hermanas, que venciendo el temor se han plantado siempre frente al poder, no importa quién sea ni que forma tenga, para decir ¡No! O en esos jóvenes que no conocieron ese tiempo pero han heredado esos principios y han comenzado a vivir con ellos como vivimos nosotros. Ese es el verdadero y más perdurable legado de la Revolución.

 

San Francisco de Quito, 19 de julio de 2013

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Carlos, mi hermano

Carlos y yo, en el seminario

Carlos y yo, en el seminario

Me colaba entre las rendijas de la frondosa veranera que todavía existe al final de la casa y me sentaba sobre una piedra a verte pintar en el muro de afuera. Una larga y alta pared blanca de la que poco a poco iban saliendo arañas, insectos y otras formas amarillas y rojas, como jeroglifos de ese tiempo. Vos hacías de cuenta que no me mirabas y seguías escuchando tu música, fumando, seguramente un cigarro de marihuana, y pintando. Siempre me llegaban a buscar y me hacían regresar a la casa entre regaños. No les gustaba que fuera a verte allí porque en esa época eras de los hippies de verdad. Pelo largo, pantalones jeans de campana y deshilados, sin camisa, chaqueta también de jeans, collares y pulseras de colores, y caites suela ancha de caucho. Todos en el vecindario te miraban con extrañeza y desconfianza. Era el tiempo cuando en las radios sonaba aquella canción del extraño del pelo largo y yo justo así te miraba caminando por las calles.

La primera vez que te fuiste de la casa ya habías vivido muchas cosas. Te abandonaron de niño, entrabas y salías de las escuelas, fuiste monaguillo y seminarista, te habías peleado con toda la familia para que te dejaran ser. Fuiste y volviste varias veces, cada vez las ausencias más largas, dizque para recorrer nuevos caminos de los que nunca nos contaste. Un día regresaste con el pelo corto y cara de muchacho formal. Entrabas y salías de la casa con sacos de frijoles y otros granos que en realidad guardaban otras cosas.

Desapareciste otra vez pero ahora si sabíamos en que andabas. Era el año 79 y poco después del triunfo de la revolución te vimos regresar flaco, uniformado y eufórico. Pocos días después, en un documental de la época, apareciste cargando una ametralladora y gritando como Leonel, ¡Qué se rinda tu madre! Unos meses más en la familia y desapareciste otra vez. Una carta un día, luego otra con unas fotos y un día, un año después, apareciste como si no te hubieras ido.

Fue una semana de pláticas y de historias, de cómo andabas haciendo la revolución en otros lugares, creyendo con entusiasmo que la chispa haría incendios en todas partes. Y así como llegaste, te fuiste de nuevo. Una ausencia que ya lleva treinta y tres años sin que nadie haya respondido nunca cómo, dónde, cuándo…

San Francisco de Quito, 13 de julio de 2013

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La gran aventura

Brigadistas CNA. Foto cortesía: Claudia Pineda

Brigadistas CNA. Foto cortesía: Claudia Pineda

Salimos de madrugada. Nos avisaron la noche antes y ya teníamos las mochilas casi listas, faltaban algunos días para la fecha oficial de inicio de la Cruzada Nacional de Alfabetización. Llegamos al colegio bien temprano antes del amanecer, nos acompañaban nuestros padres. Era un día de finales de marzo, 1980.

En el patio, nos esperaban varios camiones. Nos dijeron quiénes íbamos en cuál, pero no hacía dónde. Subimos y estábamos listos para salir. Viajamos todo el día por una carretera poco conocida, delante y detrás de nosotros una larga fila de camiones llenos de jóvenes como nosotros. Luego un camino de tierra lleno de subidas y bajadas que se hizo eterno. Todos, casi niños, sin conocer el camino, nos preguntábamos el destino. Íbamos contentos, medio asustados, hombres y mujeres. ¡Era la gran aventura de la vida!

Poco antes de caer la noche llegamos al pueblo. Telpaneca, se llama. Al norte del país, en Las Segovias, cerca de la frontera con Honduras. Nunca había viajado tan lejos de mi casa y muchos menos al campo. El pueblo estaba lleno de jóvenes, no estábamos solos. Pensamos que ese era nuestro destino final, pero no. Al día siguiente nos separaron en grupos más pequeños de mujeres y hombres, y nos trasladamos a las comarcas. El Naranjo, Los Pinares, Playa Hermosa, Quibuto, El Limón, Cantagallo, Santo Domingo, casi cincuenta comarcas y varios cientos de brigadistas provenientes de diferentes colegios de Managua, repartidos por todo el municipio. Otra vez a los camiones, para adentrarnos en la montaña, cerro arriba. Viví allí seis meses, entre pinares, árboles de naranja, café y campesinos buenos.

De esa época guardo una única y borrosa foto que no tengo conmigo en este momento, en ella estamos mi amiga de siempre Flor de Oro, mi mamá y yo cruzando el Río Coco, descalzas, los pantalones hasta la rodilla y las botas en las manos. No recuerdo cuando la tomaron. Son otros recuerdos los que guardo de la Cruzada de Alfabetización y una certeza que crece más en la medida que pasa el tiempo. Ese fue el tiempo que me cambió la vida.

San Francisco de Quito, 06 de julio de 2013

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La revolución en bici

Rafael Correa en bicicleta

Rafael Correa en bicicleta. By Martín Jaramillo/AP

Me tocó presenciar la campaña electoral presidencial del Ecuador en 2013. La campaña como tal, se parecía mucho a todas las campañas electorales que se pueden ver hoy día en Latinoamérica: mucho marketing político, movilizaciones, banderas, discursos, entrevistas, debates, spots publicitarios y candidatos sonrientes abrazando pueblo.

Pero a diferencia de otros lugares, fue interesante ver que la agenda pública y las vidas cotidianas no se agotaron por la política, aun cuando la campaña con sus ofertas presidenciales movía la simpatía de un buen grupo de personas. Un día de esos, recuerdo una discusión política en una estación de buses, más que una discusión parecía plática de vecinos, y los argumentos, por encima de las opciones electorales, se enfocaban en la gestión y el estilo del presidente Rafael Correa que corría como candidato por tercera vez. Quienes argumentaban en contra decían que en general aprobaban su gestión y reconocían cambios importantes en la atención y el acceso de los ciudadanos a distintos servicios públicos, así como la construcción de carreteras y otras obras de infraestructura. De hecho, en el mejor spot de campaña se puede ver a Correa recorriendo el país en bicicleta por anchas y nuevas carreteras. Los que discutían agregaban que no estaban de acuerdo con sus discursos confrontativos y sus “pleitos gratuitos” con la prensa.

No hubo sorpresas en los resultados como tampoco se esperan cambios en esta nueva gestión, de manera que Rafael Correa iniciará mañana su tercer mandato de gobierno nuevamente a paso de bicicleta y acompañado con un clásico de los Beatles como música de fondo.

San Francisco de Quito, 22 de mayo de 2013

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