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Los sabrosos pescados de doña Lijia

Doña Lijia. Foto: Julio Vera

Doña Lijia. Foto: Julio Vera

Se llama Lijia, con jota. Su oficio es freír pescados. Vive en una calle del norte de Quito que se llama La Bota. Allí mismo tiene su pescadería, un lugar de mesas sencillas y limpias cubiertas por un mantel de plástico. Las paredes están adornadas por numerosos rótulos como uno que dice: “No fío para no perder mi dinero y su amistad”, o el otro que dice: “Los sabrosos pescados de doña Lijia”, pintado sobre la reproducción de un cuadro que a la vez, muestra un paisaje de hace tiempo.

Los sábados, la gente comienza a llegar perezosamente pasado el mediodía y el lugar se va llenando con los comensales. Tal como dice el rótulo, la especialidad de doña Lijia son los pescados fritos, así, al estilo Tipitapa como un buen Managua se lo puede imaginar. En el plato, al pescado lo acompaña un pedazo de yuca cocida y una ensaladita de cebolla morada con tomate que aquí conocen como encurtido.

Las muchachas que ayudan, corren de un lado a otro llevando y trayendo platos y bebidas mientras doña Lijia no se despega de la enorme olla de aceite hirviendo de donde salen los pescados fritos, justo al lado de las mesas, de manera que cada quien puede ver justo cuando están cocinando el suyo. De vez en cuando sale de su esquinita y se acerca a alguna mesa para llevar personalmente el pescado recién salido de la olla. De allí en adelante, ¡prepárese!, los cubiertos le van a sobrar porque terminará literalmente, chupándose los dedos.

Cada lugar tiene esos lugares pequeños y casi escondidos, lugares donde se come muy rico con sabor popular. Quito también los tiene y éste es uno de ellos. Así que ya sabe, si un día pasa por aquí, pregunte por La Bota y vaya a comer los sabrosos pescados de doña Lijia.

San Francisco de Quito, 19 de agosto de 2013

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Bufandas

Bufandas. By Elvira Cuadra, Quito, 2013.

Bufandas. By Elvira Cuadra, Quito, 2013.

De lana, de algodón, de seda, lisas, a cuadros, rayadas, con flecos, pompones, oscuras, de colores alegres, chillantes, largas, cortas, de todas las formas y colores. Así son las bufandas que se pueden ver a diario en Quito. Accesorio indispensable del vestir. Nunca sobran, siempre faltan.

Es que en Quito el frío no parece dar tregua. Cuando me dijeron que en esta ciudad era posible experimentar las cuatro estaciones en un día, francamente me pareció exagerado. Pero de algún modo es cierto. El día que comienza con un esplendoroso sol, al rato bien puede cambiar a una torrencial lluvia. Y no importa si hay sol, lluvia, niebla o granizo, siempre habrá frío.

El frío siempre hace las cosas y a la gente diferentes. Aquí, por ejemplo, puertas y ventanas permanecen cerradas para espantarlo y preservar el calor dentro de las casas y los edificios. La gente es muy amable, pero reservada, respetuosa o comedida como dirían algunos. En Nicaragua, como se sabe, las casas casi siempre están abiertas y la gente es también amable, pero espontánea.

Las gentes de Quito no se detienen por el cambiante clima o el frío. Mientras veo a la calle buscando señales de buen tiempo para animarme a salir; en medio de la lluvia o el frío ellos simplemente se abrigan, salen y hacen sus cosas, no importa si es trabajo, estudio o diversión. Eso no es problema y nada los detiene. Así, se pueden ver señoras, jóvenes, niños, hombres, muchachas, mujeres arropadas con suéteres, abrigos, botas y ¡por supuesto!, una bufanda.

San Francisco de Quito, 18 de marzo de 2013

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